Es hora de movilizar el poder económico de las mujeres

Por: Anna Bjerde, Indermit Gill

El mundo rara vez ha estado en una situación más difícil. Los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez más frecuentes, provocando mayores daños económicos, incluso en los países más ricos. La inseguridad alimentaria va en aumento, y el cambio climático empeora este problema. En 2022, alrededor de 2400 millones (PDF) de habitantes —casi un tercio de la humanidad— no tuvieron acceso a alimentos nutritivos, inocuos y suficientes durante todo el año, y las mujeres y las niñas son las principales afectadas: representan casi el 60 % de las personas que enfrentan una grave situación de hambruna.


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Imagen cortesía de Radnatt en FreeDigitalPhotos.net


Para superar amenazas de esta magnitud, la economía mundial debe funcionar a toda máquina. Hoy, no obstante, el crecimiento se está desacelerando en casi todo el mundo. Para fines de 2024, la población de más de 1 de cada 4 países en desarrollo seguirá siendo, en promedio, más pobre de lo que era antes de la pandemia de COVID-19. Sin embargo, en la mayoría de los países, los responsables de formular políticas siguen dejando al margen a una fuerza económica potencialmente transformadora: las mujeres.

Las mujeres constituyen la mitad de la población mundial. Sin embargo, están notoriamente ausentes en los puestos de toma de decisiones, lo que socava la resiliencia económica.  Pocos jefes de Estado son mujeres, y ellas siguen siendo minoría en los puestos ejecutivos de los directorios, y en los cargos de liderazgo. La reducción de la brecha de género en el empleo podría incrementar el producto interno bruto (PIB) per cápita a largo plazo en un promedio de casi un 20 %en todos los países. En resumen, la justificación económica de la igualdad de género en el lugar de trabajo nunca ha sido tan importante. 

Las cifras son alarmantes. Hoy en día, alrededor de tres cuartas partes de todos los hombres participan en la fuerza laboral, pero la proporción es de solo 1 de cada 4 mujeres en Asia meridional, y de solo 1 de cada 5 en Oriente Medio y Norte de África. Esta brecha de género daña el desarrollo económico, dificulta la asignación eficiente de los recursos, y limita la fuerza de trabajo.

Fomentar la inclusión económica igualitaria  fortalece a las sociedades y las impulsa a tener una mayor resiliencia. Sin embargo, las leyes discriminatorias, la aplicación deficiente y las barreras sociales continúan obstruyendo el progreso de las mujeres y frenando el potencial económico de las naciones.

Considere lo siguiente: en al menos 65 países (PDF, en inglés), las mujeres no pueden trabajar en profesiones lucrativas relacionadas con el transporte, las manufacturas, la construcción, el agua, la energía y la minería, sectores que suelen ofrecer remuneraciones más elevadas. Cuando a las mujeres se les permite asumir empleos idénticos a los de los hombres, con frecuencia deben enfrentar una marcada diferencia salarial. En 93 países, aún es jurídicamente aceptable pagar menos a las mujeres por empleos de igual valor.

El mundo ya no puede permitirse desperdiciar los talentos de la mitad de la humanidad. Es tiempo de reformar las leyes, mejorar las oportunidades económicas de las mujeres y fortalecer las economías a lo largo del proceso.  Sin embargo, no basta con promulgar leyes; también es esencial hacer que se cumplan. Para tener éxito, las reformas económicas dependen de políticas complementarias e instituciones públicas eficaces, al igual que las reformas jurídicas.

Hoy en día, las mayores disparidades legislativas se registran en Oriente Medio y Norte de África, donde las mujeres tienen solo alrededor de la mitad de los derechos legales que los hombres, a pesar de que ciertos países han reforzado de manera significativa las reformas en los últimos años.

Algunas regiones del mundo, en particular África subsahariana, han logrado avances notables. En 2022, el último año del que hay datos disponibles, más de la mitad de todas las reformas se implementaron en el continente africano, y algunos países introdujeron reformas para, por ejemplo, prohibir la discriminación en el acceso al crédito, reducir la violencia doméstica o facilitar a las mujeres el proceso para obtener pasaporte. Como resultado, por primera vez, África subsahariana superó a Asia oriental y el Pacífico en los puntajes de La Mujer, la Empresa y el Derecho. Países de la región de Asia oriental y el Pacífico también llevaron a cabo importantes reformas que abarcaron la introducción de políticas referidas a la licencia parental, la exigencia de la igualdad salarial para las mujeres y la promulgación de leyes para prohibir el acoso sexual.

Lograr mayores avances depende de tener una mejor comprensión de la brecha entre las leyes promulgadas y los resultados reales en el ámbito de los derechos de las mujeres. Por ello, el Banco Mundial ha puesto en marcha una nueva estrategia con el objetivo de acelerar la igualdad de género y ha elaborado un nuevo conjunto de indicadores para obtener datos y evidencias sobre la manera de reducir la brecha entre las leyes y los resultados. Por eso también la igualdad de género es un aspecto central de la misión del Banco Mundial de crear un mundo sin pobreza en un planeta habitable.

Las normas sociales desempeñan un papel importante en la desigualdad de género. Por consiguiente, los esfuerzos de los Gobiernos para promover la igualdad deben ir más allá de la legislación. Es necesario poner en marcha estrategias novedosas utilizando los medios de comunicación, al igual que programas educativos dirigidos a hombres y mujeres. Para dar lugar a una verdadera paridad de género —en el mercado laboral y otras esferas—, estas iniciativas deben doblegar normas sociales que pueden parecer difíciles de cambiar.

El matrimonio y el divorcio, por ejemplo, suelen considerarse asuntos privados en muchos países, incluso cuando se trata de la violencia doméstica. Los esfuerzos para reformar las leyes en esta área pueden enfrentar la oposición de quienes dicen ser defensores de la identidad nacional o cultural. El estancamiento resultante simplemente prolonga el desequilibrio de poder entre hombres y mujeres, perjudicando la causa en favor del empoderamiento de estas últimas.

Sin embargo, los Gobiernos tienen el poder de aprobar cambios significativos. Al reformar las leyes y establecer mecanismos de aplicación sólidos, pueden combatir eficazmente la discriminación por razones de género. 

Las reformas deben extenderse a la igualdad en el lugar de trabajo, lo que incluye igualdad de remuneración, cuidado infantil y políticas relativas a la licencia parental, y salvaguardas contra el acoso. Crear un entorno que fomente los emprendimientos de mujeres también es crucial: ellas necesitan un mayor acceso al financiamiento y todo el apoyo que está habitualmente a disposición de los hombres.

Ha llegado el momento de crear condiciones de igualdad para las mujeres. De eso depende la capacidad del mundo para salir del estancamiento económico que se ha observado en la década de 2020.


Nota publicada en Voces del Banco Mundial, reproducida en PCNPost con autorización


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