El mejor amigo es un supuesto narco

Por: Andrés Quintero Olmos.

Si se confirma que los sobrinos políticos de Maduro traficaron droga gracias a sus pasaportes diplomáticos, entonces el mejor amigo de Santos no será más que un cómplice del negocio de la cocaína colombiana. No es una noticia descabellada que el círculo cercano del Presidente venezolano tenga vínculos con el narcotráfico, ya lo sospechábamos desde el destape del Cartel de los Soles, que no es más que la participación activa de las Fuerzas Armadas Venezolanas en el negocio de la cocaína.

Maduro no tiene por qué preocuparse. Si sus sobrinos preferidos son acusados de narcotráfico, lo mejor es que vengan a Colombia: el Gobierno Santos les perdonaría el narcotráfico, si demuestran su conexidad con el delito político de rebelión del Socialismo del siglo XXI, en el marco del proceso de La Habana. Esto último sin importar que, a lo largo de nuestra historia, miles de compatriotas valientes hayan sacrificado sus vidas para que el narcotráfico sea punible. Pero esto no importa, la “paz”, lo vale todo.

Que la producción nacional de cocaína haya aumentado en un 44% en el último año, poniendo nuevamente a nuestro país en la cúspide mundial, puede poner en peligro, a mediano plazo, la exención de la visa Schengen, lo cual sería el único electrochoque para los colombianos en medio tanta indolencia. Pero que las Farc estén aprovechando el proceso de La Habana para aumentar la producción de coca, que las Fuerzas Armadas hayan bajado la guardia en la lucha contra las drogas, y que, además, Colombia sea ya un país consumidor de cocaína, muestra nuevamente nuestra condición de narco-estado.

Entre el 2010 y 2014, todos los medios de este país aplaudieron los grandes logros diplomáticos del Gobierno Santos. Escribían titulares en espejismo sobre la entrada de Colombia a la OCDE y hacían constantes alusiones al apoyo internacional frente a la “paz”. Incluso no dudaron en destacar el restablecimiento diplomático con Venezuela, tildando al actual Gobierno de pragmático. ¿Resultado? La frontera está cerrada hasta nueva orden de la dictadura, el comercio bilateral no existe desde hace un par de años, se marcan las casas de los colombianos expulsados, las guerrillas están más que nunca refugiadas en Caracas y se ha sido cómplice de los atropellos democráticos en el vecino país.

La realidad es que Venezuela es el gran garante de las FARC y, por tanto, del proceso habanero. Por eso, no importa que insulten a Pastrana y a Uribe desde el otro lado de la frontera, que Leopoldo López y otros sean prisioneros políticos y que Maduro se burle de nuestro país bailando “La Pollera Colorá”, porque, al fin y al cabo, lo que cuenta es el titular de la “paz”. Sin embargo, a la historia no le temblará la mano para hacernos recordar que fuimos, a través de nuestra indolencia gubernamental, cómplices de un estado autoritario que hemos querido tapar con el meñique a pesar de sus soles.


 

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