Pensar en cuarentena

Por: Pascual Gaviria Uribe.

Nuevas rutinas, más sencillas, más lánguidas, más íntimas. Nuevos miedos, más profundos, más ciertos, más colectivos. No hace falta estar contagiado para que el cuerpo cambie y la mente tome rumbos inesperados. Estar quietos nos obliga a pensar de otra manera, a sufrir el tiempo que tanto hemos deseado y a rumiar los males que tanto hemos ignorado.

La frivolidad ahora parece un pecado excesivo, y el humor pierde buena parte de su espacio, quedando un resquicio para el cinismo más inteligente e igualitario: ahora la burla macabra, la mueca que invoca la peste, nos corresponde a todos. Los pleitos de todos los días han perdido su valor al mismo ritmo de las acciones. A diferencia de las tragedias que trae la guerra, donde el poder, los palacios, los atriles y los escudos patrios se engrandecen, con la condena de las plagas esos alardes se hacen más nimios y menos eficaces. Los presidentes van a tientas tras los científicos que andan tuertos tras las respuestas.

cuarentena

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Tras apenas 48 horas de quietud y unas semanas de lecturas sobre la pandemia me he descubierto pensando con cuidado cada acción, viendo hasta en las decisiones más reflejas las consecuencias más definitivas.

Llevarse la mano a la boca o abrir la puerta del baño son ahora movimientos para la reflexión, o al menos para un mínimo de racionalidad. Sobre decisiones un poco más complejas pesa hoy un permanente imperativo categórico. Un pequeño timbre que nos alerta sobre la necesidad de cuestionar cada acción. El pensamiento de humanidad se hace más visible y es común buscar que nuestras acciones sean un buen modelo para las reglas que queremos que todo el mundo atienda en estos tiempos. Y también es normal que nos indignemos con más temple frente a las actuaciones de quienes consideramos violan esas reglas mínimas que nos protegen a todos.

Pero en Colombia aún no hemos sido tocados por ninguna tragedia. Lo nuestro es todavía un miedo a la muerte en abstracto, no el dolor frente a sus detalles. Nuestro ánimo puede cambiar de forma drástica. Montaigne amigo de sus debilidades y dado a experimentar con su carácter para evidenciar sus propios errores nos habla de ese espíritu voluble: “Si me sonríe mi salud y la luz de un precioso día, soy un hombre estupendo; si tengo un cayo que me duele en el dedo del pie, soy hosco, desagradable e inaccesible.”

Las necesidades particulares, los prejuicios, la muy distinta comprensión de lo que está pasando hará muy complejo el encierro al que estamos abocados. Los grandes aguaceros no arredran a todo el mundo por igual. Todavía hay quienes juran que protegen a sus hijos al negarles una vacuna. Hay miles que arriesgan su vida o su libertad por triviales ambiciones. Y entre nosotros son millones quienes no pueden detenerse. Siguiendo con Montaigne es obligado pensar en las distintas irracionalidades, en últimas, “la razón es un cántaro de doble asa, que se puede agarrar por la derecha o por la izquierda.”

Para los afortunados, quienes podemos sentarnos a leer, a pensar o trabajar desde la casa, se viene el aburrimiento más que la desesperación, y tal vez aparezcan algunas de las lecciones que adelanta Joseph Brodsky: “Eres finito –dice el tiempo con la voz del aburrimiento–, y cualquier cosa que hagas desde mi punto de vista es vana …El aburrimiento supone, en efecto, una irrupción del tiempo en nuestro esquema de valores. Sitúa la vida en su justa perspectiva. Lo cual da como resultado la precisión y la humildad.”.

No se trata, entonces, solo de lavarse las manos. La incertidumbre, la quietud, la fragilidad pueden ayudarnos a desarmar nuestro usual rompecabezas.


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