Cero victorias, solo golpes

Por: Pascual Gaviria Uribe.

En el Cauca hay muy pocas victorias militares que celebrar. Desde hace años se intenta deshacer a tiros el nudo de desconfianza social y conflictos rurales en la región. Allí se han encontrado la brutalidad armada disfrazada de utopía, la promesa de los narcos, la resistencia obstinada y solitaria de los indígenas y el Estado temeroso que atisba desde la mirilla. Y ha habido esquirlas para todos, casi por igual, siguiendo los principios democráticos de la guerra. De modo que los indígenas cargan a los militares para sacarlos de un cerro coronado de antenas, los militares señalan a los indígenas de ser milicianos, los milicianos convencen a sus ex compañeros de escuela de cargar un fusil, los guerrilleros estallan un mercado campesino para sacar a los policías y los policías disparan contra los campesinos en moto en un retén. Mientras tanto los narcos ofrecen, pagan, disparan, cobran. Una amalgama sobre las montañas que es muy difícil de entender desde los aviones y los helicópteros militares.

Hace cuatro años, luego de media hora de bombardeos sobre la vereda Gargantillas, en el resguardo de Tacueyó, en Toribío, el ejército entregó el parte de victoria contra el Sexto frente de las Farc y su “centro de operaciones especiales”. Corría marzo de 2011 y el presidente Santos felicitaba a sus hombres por la vía de los trinos luego de los truenos desde los aviones: “otro gran golpe a las Farc. En Cauca cayeron 15 terroristas en una operación conjunta de nuestra Fuerzas Armadas”. “Felicitaciones a las Fuerzas Armadas por otro golpe a las Farc en el tercer aniversario de muerte de ‘Tirofijo’. Seguridad democrática sigue adelante”.

Nos hemos acostumbrado a la escueta tarea de contar cuerpos. Pero los encargados de velarlos y llorarlos entregaron una triste versión sobre esa resonante victoria. Entre los muertos había cuatro menores de edad, los otros eran adolescentes y todos estrenaban fusil y trinchera a órdenes de ‘Pacho Chino’. No llevaban más de una semana de campamento. “A estos niños sin experiencia nos toca echarles tierra encima”, dijo uno de los hombres de la vereda El Triunfo luego del bombardeo. Por su parte Fanny Ortiz, por entonces rectora del colegio Quintín Lame en Tacueyó, recordó que entre los muertos había dos estudiantes suyos. “Ese es uno de los flagelos contra los que luchamos: evitar que la guerrilla se lleve a nuestros niños”.

Cuatro meses después las Farc pusieron un carro bomba frente al puesto de policía de Toribío, en pleno día de mercado. Su “bombardeo” dejó cuatro muertos y cerca de cuatrocientas casas afectadas. Ese día solo se pudo celebrar el triunfo de la selección Colombia que el presidente Santos vio entre los soldados y policías y las ruinas del pueblo.

Hace unos años el ministro de defensa señaló que el 70% de las acciones de las Farc están concentradas en cerca de 40 municipios donde vive apenas el 4% de la población nacional. El Cauca es sin duda el centro de buena parte de ese conflicto. La geografía, los cultivos de coca y marihuana, el aislamiento, la historia de una guerra larga los condenó a ser la almendra de los estallidos. Antes de clamar por los bombardeos, cantar victorias y maldecir ceses al fuego deberíamos al menos darle una mirada al Cauca, dirigir el oído hacia las palabras de quienes oyen los disparos y reconocen el zumbido de los aviones y los tatucos. Tal vez para ellos el único triunfo sea la pequeña reseña del ICBF que da cuenta de 250 niños que salieron de las filas de las Farc el año pasado. Llamar lista o cerrar filas.


 

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