Tedio al parque

Por: Pascual Gaviria Uribe.

Podría llamarse el síndrome del trasteo. Consiste en una pequeña obsesión policial durante los primeros días de gobierno. Una necesidad de la escoba nueva, el pulso firme y las manías lustrosas que el nuevo inquilino exhibe a vecinos y arrendadores.

El recién llegado pega la nariz al reglamento con un celo que demuestra más devoción por la letra que por la realidad, y encuentra en la libreta de multas y contravenciones un poder que ha sido desmentido cientos de veces. Los efectos de esta modesta patología son variados, uno de los más dañinos es aquel que nos convence de que las vueltas de la policía ahora no son solo ineficaces sino inútiles y banales.

La alcaldía de Medellín prepara una cruzada contra los bebedores de parque, esquina y acera. Una persecución que sin duda hará felices a los policías con mucho tiempo y pocas ganas de enfrentar a los verdaderos poderes que los retan o los reclutan día a día. Y hará dichosos a los burócratas obsesivos del control, a los paranoicos que ven la ciudad con los ojos del inspector de riesgos laborales y a las damas y caballeros de la liga de la temperancia. Se alega que el desorden alienta la criminalidad y el ímpetu alcohólico enciende las riñas.

Los viciosos deben vivir entonces de puertas para adentro, ocultos, sin exhibir la desvergüenza de sus desenfrenos. Pero las cifras muestran que la violencia se ejerce cada vez más en las casas, en el ámbito privado, lejos de los supuestos desmanes públicos.

Tal vez lo que se necesita es un poco más de aire, la posibilidad de caminar y respirar no tiene que ser incompatible con la felicidad de una cerveza fría en una acera o un parque. La administración ha convertido las palabras recuperación y limpieza en sinónimos. Quiere recuperar los parques sin importar que eso los haga inútiles. Qué será del parque San Antonio, del parque de El Poblado, de El Periodista, de las afueras del Atanasio, del Carlos E. Restrepo sin la posibilidad de conversar con una pola o una copa en la mano.

Hace poco vi dos ajedrecistas enfrascados en su lucha y sus botellas sobre una acera en Córdoba, en el centro de Medellín. Una escena que bien serviría para invitar a quienes se niegan a “bajar” a la parrilla de la ciudad. Ahora un policía llegará a regar su tablero para obligarlos a jugar tras una reja.  Se divide a los ciudadanos entre quienes disfrutan en familia de una manera sana y quienes ensucian los parques con su aliento y su berrinche.

Hace poco el Inder señalaba los abrazos pasados de tono en las canchas como una falta de respeto a la comunidad. A ese paso van a parcelar los parques: zonas para niños y adultos, para fumadores y no fumadores, para lascivos y moralistas. También podrían pensar en horarios limitados para esos públicos diversos que la administración no logra ver como una misma comunidad e insiste en separar entre cívicos e incultos.

Toda esa tara me hizo recordar un texto de Christopher Hitchens sobre la administración de Bloomberg en Nueva York y sus cientos de prohibiciones. Es inevitable que surja “una resistencia natural a la coacción” que según el ensayista británico está implícita en la personalidad humana, y sobre todo en la ciudadana, diría yo. “Hay leyes que son defendibles pero inaplicables”, dice Hitchens, y resalta el sentido natural del absurdo para identificarlas.

Los proveedores de la disciplina no piensan en las posibilidades del ciudadano inofensivo, ni en los riesgos de entregarlos al poder subjetivo de dos policías letárgicos, para ellos lo más importante es mostrar su lucha contra la delincuencia y “asegurar que todo el mundo ha pasado un rato aburrido y sano y está cobijado en la cama antes de las dos de la mañana”.


 

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