Las virtudes de la adversidad

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Un repaso al Estudio de la Historia de Arnold Toynbee


Por: Gustavo Bell Lemus

Los ingleses

Los ingleses son quizás el pueblo más viejo con conciencia de sí mismo en el mundo occidental contemporáneo. Se forjaron luchando durante varios siglos contra sucesivas invasiones provenientes del territorio continental europeo, de donde provinieron también otros pueblos que con el tiempo pasaron a ser parte constitutiva de su cultura e identidad. En su formación jugaron un papel importante las universidades de Oxford y Cambridge, dos de las más antiguas de Europa, donde se formaban las élites de la aristocracia que sostenían y cohesionaban el sistema de gobierno monárquico.

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Con los escoceses conformaron la matriz de lo que sería el imperio británico, que al cabo de tres siglos de guerras e innumerables batallas navales, desplazó al español para convertirse en el primer imperio del mundo moderno. Sus posesiones abarcaron los cinco continentes, explotadas y gobernadas de manera eficiente hasta la segunda guerra mundial. En el vasto territorio de sus colonias desarrollaron los principios del método científico de aproximación a la realidad — esbozado en Londres por Francis Bacon en 1620— que les permitió un conocimiento sin precedentes del planeta, e igualmente fueron pioneros en el estudio del comportamiento humano. Desde muy temprano empezaron a recolectar cuanta planta, fruta, piedra, animal, escultura, libro, momia, pintura, fósil e insecto se les atravesaba, conservados hoy en el Museo Británico, sitio obligado de peregrinaje para cualquier científico naturalista que se respete.

Quizás por su condición insular los británicos se pudieron concentrar, más que otros pueblos, en observar muy de cerca lo que somos: unos bichos muy raros, o mejor, unos primates bastante curiosos. Esa particular forma de observar el homo sapiens desde la distancia, produjo hombres como William Shakespeare, John Locke, David Hume, Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus, Charles Darwin, John Stuart Mill, Bertrand Rusell, John Maynard Keynes, entre otros, cuyos trabajos son verdaderos clásicos en sus respectivas disciplinas y conforman la médula espinal del pensamiento que sustenta la civilización occidental. Quien quiera estudiar el comportamiento humano necesariamente tiene que leer sus tratados como punto de partida.

Sin duda, mentes excepcionales con una capacidad asombrosa para abarcar la totalidad del conocimiento previo a sus estudios, que les permitió empujar las fronteras de las ciencias a nuevas áreas de investigación. Pero además de sus indudables méritos personales, no exagero cuando añado — con conocimiento de causa — que el famoso bad weather inglés debió influir mucho en su vocación de apóstoles del pensamiento. Es ineludible: el mal clima predominante casi todos los días del año en las islas británicas, deja pocas opciones distintas para sobrevivir que dedicarle muy estoicamente horas interminables al estudio y a la lectura. Por ejemplo, el alemán Karl Heinrich Marx no tuvo más remedio que pasarse varios años sentado en las sillas del Museo Británico — de ahí quizás el tamaño de su barba — estudiando todo lo que se había escrito hasta entonces de economía política para poder escribir El Capital. ¡Y vaya que hay mucho estudio detrás de sus páginas!

Arnold Joseph

También fue el caso de Arnold Joseph Toynbee (1899-1975). Este personaje londinense, proveniente del antiguo núcleo de la clase media inglesa, estudió en Oxford, donde recibió una educación enteramente clásica; y luego en Atenas, donde se familiarizó con la historia de Grecia y Roma. “…el clima de mi mente es por completo clásico“, afirmó en alguna ocasión. Pues bien, Toynbee como buen heredero del legado de sus maestros, le dedicó ¡veintisiete años de su vida a estudiar prácticamente todas las civilizaciones habidas en 6.000 años de historia de la humanidad, tanto las exitosas y fracasadas, como las detenidas en el tiempo! Sus estudios están contenidos en doce volúmenes titulados Estudio de la Historia, que recuerdo haber visto engolosinado en la Librería Nacional de Barranquilla, cuando su sede principal quedaba en el centro de la ciudad. Por supuesto que en aquel entonces no se me pasó por la cabeza que algún día yo también terminaría sentado en las sillas de Oxford y en las del Museo Británico, así fueran tan solo dos años…

Arnold Joseph Toynbee

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A través de sus extensos y sesudos estudios, Toynbee trató de explicar el proceso mediante el cual algunos pueblos, en diferentes épocas y lugares, lograron crear civilizaciones exitosas que perduraron en el tiempo e hicieron valiosos aportes, en todos los campos del saber y el arte, a la humanidad. Y, desde luego, por qué otros fracasaron. Un análisis de esa naturaleza requiere obviamente de una aproximación multidisciplinaria, es decir, desde la geografía, la economía, la sociología, la política, la cultura y el arte.

Cuando alguna vez se le preguntó cómo había escrito su Estudio, respondió que fue durante la Primera Guerra Mundial cuando releía la Guerra del Peloponeso de Tucídides. Se le ocurrió que la experiencia trágica por la que atravesaba Europa en ese momento ya había sido experimentada por los griegos, y pensó posible que una sociedad hubiera experimentado hechos —como una guerra mortal— que se encontraban ya en el futuro de otra sociedad. Dos sociedades podían estar cronológicamente muy separadas entre sí, y sin embargo, ser mentalmente contemporáneas.

Del estudio comparativo de las civilizaciones exitosas, Toynbee esbozó algunos conceptos básicos que explicarían el porqué de sus logros, qué elementos se dieron para el triunfo de unos pueblos sobre otros y el porqué algunos se detuvieron en el camino. Incitación y respuesta, las virtudes de la adversidad, la incitación del contorno, el justo medio, retiro y retorno, individuos y minorías creadoras, el proceso de mímesis, son varios de aquellos conceptos que utilizó para escribir su monumental obra.

Veamos grosso modo lo que planteaba en algunos de ellos. Lo primero que llamó la atención de Toynbee al aproximarse a las civilizaciones exitosas, es que éstas tuvieron lugar en entornos geográficos y naturales extremadamente difíciles, en tierras áridas, rocosas o pantanosas, poco aptas para la agricultura o la ganadería. Esa adversidad, sin embargo, habría tenido la virtud de incitar a esos pueblos a ser muy creativos para dominar los contornos donde poder asentarse y así iniciar el largo camino del progreso y la civilización. A lo largo de la historia son varios los ejemplos: Egipto, Grecia, Venecia, Holanda, Inglaterra, los Mayas, los Incas, etc. Conclusión: cuanto mayor es la dificultad, mayor es el estímulo; o, desde otra óptica: la facilidad es enemiga de la civilización.

La respuesta creativa, según Toynbee, es obra de unos pocos individuos, quienes se sobreponen al medio después de experimentar una especie de iluminación mientras se hallan en un período de retiro. Todo individuo pasa en la vida por períodos de recogimiento y soledad, ya sea voluntaria o forzadamente, en los que se detiene a reflexionar sobre su destino, su vocación profunda, el sentido de su parábola vital, en esos momentos su mente se ilumina y asume unos compromisos éticos consigo mismo y con el grupo — familia, tribu, comunidad, pueblo, nación — una vez retorna a su seno. No hay retiro sin retorno. Ejemplos: Moisés, Pablo de Tarso (San Pablo), Buda, Mahoma, Jesús, Gandhi, Bolívar, Castro, Mandela, Mujica, etc.

Esos individuos (pioneers) conforman a su alrededor las minorías creadoras que inspiran y guían al resto de sus semejantes a vencer las adversidades del medio, las dificultades del entorno, a superar los retos por delante, a proyectarse hacia el futuro. Son las que desencadenan las energías de los demás, los que provocan el crecimiento de las sociedades y los pueblos. Y lo pueden lograr, ya sea mediante una “ardua comunión intelectual e íntimo intercambio personal”, imposible de realizar en la práctica con grandes grupos humanos; o, mediante un proceso de mímesis, es decir, de imitación. Así, las minorías creadoras marcan pautas de comportamiento que los demás imitan, de ahí la gran responsabilidad que tienen sobre sus hombros.

Este esquema — simplificado al máximo — presenta en la historia toda clase de variantes, de combinaciones y aplicaciones. Cada momento, situación o época, determina una particular respuesta. Las incitaciones del entorno pueden provenir de la naturaleza, de una amenaza militar, de una catástrofe natural, de una derrota, de una peste… El movimiento de retiro y retorno se nos presenta a todos: políticos, artistas, deportistas, etc.

¿Qué sigue a continuación de la respuesta exitosa de un grupo humano a las incitaciones del entorno? Una vez superadas las dificultades y los retos colectivos, gracias a la acción combinada de una minoría creadora y la imitación de sus congéneres, ¿cómo conservar esa dinámica? Si desaparecen las amenazas externas, si se vencen los desafíos externos, ¿cómo preservar la capacidad de respuesta? ¿a qué apelan las minorías creadoras para no perder su ascendencia moral sobre los demás?

Toynbee analiza numerosos casos de pueblos que, una vez sobrepusieron las adversidades del entorno, no lograron superar los tiempos que siguieron a continuación, su capacidad creadora se debilitó ante la prosperidad, llevándolos tarde o temprano a la parálisis y al  colapso. Ya lo habían observado en la antigüedad filósofos estoicos, como Séneca: se requiere de mucha templanza en tiempos de abundancia para no sucumbir a sus encantos; porque, como lo señaló el mismo Bacon, la prosperidad exhibe mejor el vicio, pero la adversidad exhibe mejor la virtud.

Ahora bien, del análisis de minorías creadoras que superaron con éxito los retos de los tiempos de bonanza, Toynbee observa un traslado deliberado del escenario de su acción, del entorno externo al interno, al humano. En sus palabras: “En este otro campo, las incitaciones no golpean desde el exterior, sino que surgen de dentro, y las respuestas victoriosas no adoptan las forma de superación de obstáculos externos o de triunfo sobre un adversario del exterior, sino que se manifiestan en una autoarticulación o autodeterminación interna“. En este teatro de acción los retos son básicamente del orden moral, las minorías deben actuar de tal forma que sus conductas sean un referente a imitar por sus semejantes, sus actuaciones un ejemplo a seguir, su proceder un camino que continuar. Es el momento de reafirmar ciertos valores esenciales si se quiere avanzar como sociedad, tales como la templanza, la solidaridad, la tolerancia, la probidad, la rectitud, la fraternidad, valores que en su conjunto conforman la ética, cuyos preceptos debemos observar más allá de lo que fijen las leyes. Y son las minorías creadoras las primeras con el deber de respetar, pues de su comportamiento depende que el resto las imite.

Así, en la medida en que las minorías creadoras, y con ellas el resto de la sociedad, van superando retos y coyunturas difíciles, asimismo esa sociedad o pueblo va creciendo; contando, cada vez menos, con incitaciones provocadas por fuerzas externas que exijan respuestas en el campo exterior, y cada vez más con incitaciones provenientes de su interior. “El crecimiento significa que la personalidad o la civilización en crecimiento tiende a convertirse en su propio contorno y en su propia incitación y en su propio campo de acción.” En últimas, lo que se persigue es el progreso hacia la autodeterminación, depender de uno mismo para su propio crecimiento.

Toynbee en Macondo  

La publicación de los primeros seis tomos del Estudio de la Historia en 1947 le valió a Toynbee el más amplio reconocimiento académico e intelectual en el mundo occidental. La revista Time, la más influyente y de mayor tiraje de la época, le dedicó portada ese año describiendo su trabajo como “la obra más provocativa de la teoría histórica escrita en Inglaterra desde El capital de Karl Marx“. Un resumen del Estudio en un volumen fue un éxito sin precedentes en ventas. No estuvo, sin embargo, exento de críticas. Varios de los más reputados colegas británicos lanzaron duros reparos contra su concepción de la historia, que calificaron de “generalista” y “superficial”. Particularmente ácida fue la de H. R. Trevor-Roper, que tildó el Estudio de “gigantesco”, “presuntuoso”, “erróneo y odioso” y un “extravagante intento de establecerse  a sí mismo como un profeta“. Años más tarde Toynbee publicó un libro, Reconsiderations, en el que trató de dar respuesta a todos sus contradictores.

A pesar de las críticas, la obra de Toynbee se constituyó en materia obligada de estudio en la mayoría de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y Europa, donde era invitado de honor en sus claustros y sus conferencias eran atendidas por un número creciente de audiencias.

En sus numerosos periplos por el mundo, el profesor Toynbee aterrizó a finales de noviembre de 1955 en Bogotá, la flamante Atenas de Suramérica, nuestra remota capital, invitado por la Universidad de Los Andes. La ocasión era especial y por ello merecía un invitado especial: la iniciación de clases de la facultad de Filosofía y Letras. En los riscos andinos el profesor dictó un ciclo de seis conferencias sobre historia universal y sobre la importancia del estudio de la historia en el mundo contemporáneo.

Un verdadero acontecimiento para un país que aún permanecía enclaustrado en las montañas, pero ¡oh!, la implacable Ley de Murphy, que reza “Si algo malo puede pasar, pasará“, se cumplió fatídicamente: los equipos de grabación fallaron y no quedó registro alguno de las disertaciones del profesor Toynbee, quien además se llevó consigo los textos que traía, de los que  — hasta el sol de hoy — nunca se obtuvieron copia. De su paso por Bogotá, sólo quedó una breve entrevista que le hizo Mario Laserna, el fundador de Uniandes, para el periódico que dirigía con Pedro Gómez Valderrama, El Mercurio:“¿Qué haría de tener ahora 21 años?…estudiaría historia“.

Toynbee conoció otros países latinoamericanos, México, Guatemala, Panamá, Ecuador, y Perú. En febrero de 1962 dictó cuatro conferencias en San Juan, en la Universidad de Puerto Rico, sobre Latinoamérica y Estados Unidos, patrocinadas por la Weatherhead Foundation. Más previsivos los portorriqueños, o los gringos, que los andinos, las conferencias fueron publicadas por Oxford University Press ese mismo año, y luego una segunda edición en 1964.

¿Arnold Toynbee? No me suena…  

Hoy, por supuesto, Toynbee está en el olvido, sepultado por el alud de nuevas teorías sobre el desarrollo y la riqueza de las naciones. Pinker, Piketty, Sorman, Landes, Acemoglu y Robinson son los nombres en boga, con que los estudiantes universitarios lo descrestan a uno cada vez que pueden. Apoyados con toda clase de estadísticas que los big data les suministran, esbozan novedosas teorías sobre el desarrollo de las naciones que, sin duda, contribuyen a una mejor comprensión histórica del mundo contemporáneo.

Frente a todos esos estudios, pasaría ciertamente de anacrónico quien utilice hoy los conceptos de Toynbee para analizar el comportamiento de los pueblos o las naciones. Hablar de “minorías creadoras”, de “retiro y retorno”, de “las virtudes de la adversidad”, o del “proceso de mímesis”, le valdría a uno inmediatamente, como mínimo, el calificativo de retrógrado, anticuado, o de reaccionario.

No obstante, así sea como un simple ejercicio intelectual, bien vale la pena aplicar alguno de los conceptos de Toynbee a la historia reciente del país para ver en qué estamos.

Qué poseemos inmensas riquezas naturales nadie sensato lo duda. Tres cordilleras, litorales sobre el Pacífico y el Caribe, una vasta zona amazónica, la biodiversidad del Chocó una de las más ricas del planeta, y extensas praderas en los llanos del oriente, entre otras, conforman un patrimonio como pocos países se pueden dar el lujo de tener. Sin embargo, nada fácil de dominar. Vista desde otro ángulo, nuestra geografía es bastante difícil, lo que explica — aunque se podrían discutir largamente otros argumentos — por qué somos el único país del continente donde el Estado no ejerce plenamente soberanía sobre su territorio. Y sus consecuencias saltan a la vista: amplias zonas dominadas por grupos armados ilegales, una extendida minería ilegal que contamina ríos y fuentes de agua, cientos de miles de hectáreas cultivadas con coca, y otras tantas de bosque tropical y húmedo deforestadas anualmente, entre otras calamidades.

Tan no hemos respondido exitosamente a las adversidades de nuestra geografía, que aún nuestra ingeniería no ha podido terminar el túnel de la Línea, que atravesando la cordillera central pondría más cerca a Bogotá con Buenaventura. Y ni qué hablar de la carretera a los Llanos…del Canal del Dique, Bocas de Ceniza, etc. A la luz de los conceptos de Toynbee, estamos pues lejos de haber respondido exitosamente a las adversidades de nuestro entorno físico.

Hoy, sin embargo, la pandemia del coronavirus nos está planteando unos escenarios completamente inéditos en nuestra historia como sociedad. Los retos son de unas características y de unas dimensiones que requieren de unos liderazgos novedosos, creativos, decididos, con una visión amplia de las cosas; pero, ante todo, responsables. Las adversidades tienen la virtud de incitar la capacidad innovadora de los pueblos, capacidad que movilizan los líderes que posean esas cualidades. Esos son los que está necesitando Colombia, y el mundo entero, los que logren sentirnos a todos responsables creativamente de nuestro propio destino colectivo…en esta hora difícil de la historia.


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