La cuarentena sexual decretada por Bolívar en Barranquilla

Por: Gustavo Bell Lemus

Las circunstancias de tiempo y lugar que rodearon la muerte de Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, inmortalizaron la ciudad y la Florida de San Pedro Alejandrino en la historia política hispanoamericana. El Libertador Presidente, como se le designaba en vida, junto con Andrés Bello, José de San Martín y José Martí, forman el exclusivo y reducido grupo de personajes latinoamericanos del siglo XIX que figuran en cualquier texto de historia universal.

En lo que respecta a Bolívar, y por razones obvias, toda biografía termina con los últimos días y proclamas que vivió y expidió bajo el amparo y sombra de los frondosos árboles que crecen agradecidos al pie de la Sierra Nevada. Mucho se ha escrito por ello, y con justa razón, sobre las bondades que tenía — y aún conserva — la famosa quinta de propiedad de don Joaquín de Mier y Benítez, gaditano llegado a Cartagena de Indias en 1791, y a Santa Marta en 1802. Ahí reposaron hasta 1842 los restos del Libertador en lo que vino a llamarse “El Santuario de la Patria”. Ciertamente el lugar tiene una magia especial que cualquiera siente una vez cruza el umbral de su entrada.

Estatua de Simón Bolívar en la Quinta de San Pedro Alejandrino, Santa Marta, Colombia. Foto de Carlos Guevara Mann.

Bolívar llegó a Santa Marta, la perla de América, el 1° de diciembre luego de un tortuoso y lacerante peregrinaje que comenzó el 8 de mayo en Santa Fe de Bogotá, la fría y remota capital andina, y culminó en la citada quinta a orillas del mar Caribe. Antes del último suspiro, su maltratado cuerpo y su alma atormentada habían estado en Guaduas, Honda, Puerto Real (Gamarra), Mompós, Turbaco, Cartagena, Soledad y Barranquilla.

La ruta era la única y, por tanto, la obligada en aquellos años: las turbulentas y cenagosas aguas del río grande de la Magdalena. Como es de suponer, semejante travesía con las limitaciones de la época era lo más parecido a un viacrucis, peor aún para un alma que arrastraba una pena más larga que su nombre, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco. Viudo para siempre de poder.

Le debemos a la magistral pluma de García Márquez quizás la narración más vívida y ajustada a los hechos históricos del último periplo de Bolívar, contenida en su novela El General en su laberinto. No obstante, la idea original fue de Álvaro Mutis, tal como lo consigna en el aparte Gratitudes al final del libro. Inicialmente, confiesa Gabo, el proyecto que tenía en mente era el río Magdalena a través del propio viaje del Libertador, pero a medida que investigaba acerca de su modo de vida la novela tomó otro rumbo.

Cuando se lee El General en su laberinto, sin embargo, no se debe olvidar de que se trata de una obra de ficción, aunque sustentada en una sólida y vasta documentación histórica consultada con todo el rigor que caracterizaba a nuestro Nobel. Sorprende de veras la precisión de detalles con la que Gabo relata ciertos pasajes de las tribulaciones que padeció Bolívar en los últimos meses de vida y lo hace, sobra decirlo, con una maestría inigualable, ejerciendo las licencias que le da la ficción literaria.

Nada como una buena novela histórica, en especial cuando se conocen con cierto grado de profundidad los hechos en que se inspira. Haber leído, por ejemplo, buena parte de la copiosa correspondencia que dictaba día a día el Libertador y, a renglón seguido, la novela, hace de su lectura una experiencia única. Confirma en cada página, en cada aparte, la magia de la literatura en la mente y manos de un buen escritor.

Los últimos meses de Bolívar fueron ciertamente más que dramáticos, patéticos. García Márquez logra llegar al centro de su tragedia personal, al fondo de su corazón atravesado por toda clase de recuerdos y nostalgias, de rencores y amarguras, de pesares y alegrías. Al mismo tiempo retrata su sencillez, como también la nobleza de su espíritu hacia aquellos que hasta el último momento se mantuvieron leales a su lado.

En Turbaco y Cartagena Bolívar se ve atrapado en un enjambre de personajes, quienes tratan hasta el desespero que marche de regreso a Bogotá a retomar el poder y así salvar la patria de la anarquía. Aunque la mayoría de ellos, no es de extrañar en asuntos de política, por puros intereses personales inconfesables.

Un buen día en Cartagena, José Palacios — el más leal de sus edecanes — al ver al Libertador abrumado por las malas noticias que recibía de todos lados, y para no contrariarlo más, se abstuvo de contarle algo que tenía muy preocupados a los oficiales del séquito de la guardia que lo escoltaba. La preocupación era que los húsares y granaderos de la guardia habían estado propagando “la semilla de fuego de una blenorragia inmortal” por donde habían pasado desde que salieron de Honda. En ese puerto fluvial la habían pescado de dos mujeres que la guarnición completa se había “repasado” en las calurosas noches de mayo. Hasta entonces no había habido ninguna pócima conocida, científica o de los curanderos, que detuviera la diseminación de la venérea enfermedad.

La novela prosigue con la marcha de un Bolívar que se consume sin remedio entre las enfermedades de su cuerpo y las de su atormentada mente, a Soledad, y posteriormente a la antigua Barranca de San Nicolás, ahora villa, donde llega el domingo 7 de noviembre, acompañado de su séquito de edecanes y los granaderos de su escolta. (Al igual que en Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera y en Memoria de mis putas tristes, Gabo nunca se refirió a Barranquilla con su propio nombre).

Leer los días que Bolívar pasó en la villa de San Nicolás, como están descritos en El General en su laberinto, es como ver una película en color sepia. Ahí están sus caminatas por las anchas calles llenas de arena, viendo las vendedoras descaradas y felices con sus palanganas llenas de mojarras achicharradas por el sol, los niños de las escuelas de las once en punto, los caños donde ya tenían residencia permanente bandadas de gallinazos, los burros cargados de vasijas con agua cruda, el párroco con una sotana llena de remiendos dándole la bendición desde el atrio de la iglesia. Tal vez fue por esos recorridos, los cuales aceleraban su agonía, que Bolívar escribió el 26 de noviembre estar resuelto a irse a cualquier parte “para no morirme aquí”.

Una calurosa tarde de esos días, los pasos de su caminar cada vez más difícil lo llevaron por azar al cuartel donde se hospedaba la guardia de sus granaderos frente al puerto fluvial. Le preocupaba la moral de la tropa, apabullada por el tedio, que se le hacía evidente por el desorden imperante en el cuartel y la insoportable fetidez que emanaba. Un somnoliento sargento, aturdido por el bochorno de la hora, le soltó la verdad sin rodeos:

“Lo que nos tiene jodidos no es la moral, Excelencia”, le dijo. “Es la gonorrea”.

Solo entonces lo supo. Los médicos locales, habiendo agotado su ciencia con lavativas de permanganato y paliativos de azúcar de leche, remitieron el problema a los mandos militares, y éstos no habían logrado ponerse de acuerdo sobre lo que debían hacer. Toda la ciudad estaba ya al corriente del riesgo que la amenazaba, y el glorioso ejército de la república era visto como el emisario de la peste. El general, menos alarmado de lo que se temía, lo resolvió de un trazo con la cuarentena absoluta”.  

La magia de la ficción.


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