Cómo minimizar el impacto del coronavirus en la seguridad alimentaria

Evitar el proteccionismo, controlar los precios y apoyar a los vulnerables a través de redes de protección social puede limitar el impacto del brote.


Por: Simona Beltrami.

Mientras el nuevo coronavirus (COVID-19) se propagaba por todo el mundo hasta alcanzar niveles de pandemia, comenzamos a desarrollar una obsesión con las cifras y las estadísticas: ¿cuántos casos nuevos se han reportado y en cuántos países? ¿Cómo está creciendo la curva de infección? ¿Cuál es la tasa de mortalidad y cómo se compara con la de la gripe “normal”?

Pero estas no son las únicas cifras que roban el sueño a un buen número de personas: el impacto económico del coronavirus también es muy preocupante y su magnitud es todavía incierta.

“Todavía es demasiado pronto para hacer una evaluación precisa del impacto del COVID-19 en la economía”, explica el economista jefe del Programa Mundial de Alimentos (WFP), Arif Husain, desde una Roma en extremo silenciosa y bajo cuarentena. “Mucho depende de lo que no sabemos: cuánto durará el brote, a cuántos países afectará y el tipo de políticas que los gobiernos pondrán en práctica para responder a la crisis”.


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El brote del COVID-19 podría afectar a la cadena de suministro de alimentos. Foto: WFP/Edward Johnson


“Lo que es seguro es que se espera una recesión económica a nivel mundial, y que es probable su efecto cascada en las economías en desarrollo. En estos contextos, una desaceleración en la economía puede empeorar la inseguridad alimentaria existente. Limita la capacidad de las personas para acceder a alimentos nutritivos de diferentes maneras, incluyendo menos ingresos o una mayor inseguridad laboral”, explica Husain.

Si bien, en principio, el sector agroalimentario debería ser el menos afectado, la escasez de mano de obra producto de la enfermedad, las interrupciones en el transporte, las medidas de cuarentena que limitan el acceso a los mercados y las interrupciones en la cadena de suministro que resultan en la pérdida y el desperdicio de alimentos podrían afectar el suministro.

Por el lado de la demanda, una pérdida de poder adquisitivo causada por la enfermedad podría cambiar los patrones de alimentación de las personas, dando como resultado una peor nutrición. Las compras de alimentos por pánico, como las que se vieron recientemente en países de todo el mundo, podrían romper la cadena de suministro y causar aumentos de los precios localmente.

Además de las implicaciones para la seguridad alimentaria debido a una desaceleración económica desencadenada por el COVID-19, una propagación extensa de la enfermedad en un país más pobre y con mayor inseguridad alimentaria podría tener un costo mayor en la economía que en los propios afectados.

“Los países con altos niveles de inseguridad alimentaria son generalmente más vulnerables y están menos preparados para un brote epidémico y probablemente verán tasas de mortalidad más altas”, señala Husain. “Además, la desnutrición aumenta la vulnerabilidad a las enfermedades”.

Las consecuencias económicas de esta enfermedad podrían terminar lastimando a más personas que la enfermedad misma.

El gran impacto sobre la fuerza laboral de aquellos países de bajos ingresos y con mayor inseguridad alimentaria coincidiría con una producción que necesita gran cantidad de mano de obra, lo que agravaría las repercusiones en la producción. Igualmente, la industria de servicios en los países más pobres a menudo está menos digitalizadas y depende más del contacto cara a cara, lo que significa que las medidas de contención, diseñadas para limitar la interacción humana, o que clientes asustados eviten el contacto, podrían afectar más.

En varios países de bajos ingresos, por ejemplo en el África subsahariana, un clima más cálido y una población más joven, junto con una población menos densa y predominantemente rural y redes de viaje más limitadas tanto dentro como entre países, podrían reducir el ritmo al que COVID-19 se extiende.

Sin embargo, Husain está preocupado. “En algunos contextos, las consecuencias económicas de esta enfermedad podrían terminar lastimando a más personas que la enfermedad misma”, afirma. “Piense en las personas pobres de muchos países que dependen de las importaciones para sus necesidades de alimentos y combustible y las exportaciones de productos básicos para pagarlos. Para ellos, COVID-19 provocó una recesión económica mundial que traerá importaciones mucho más caras y mucho menos dinero a través de las exportaciones. ¡Tenemos que asegurarnos de que sobrevivan a este doble golpe!

Entonces, ¿cuál es la receta para limitar el impacto de la seguridad alimentaria en la actual crisis?

“La buena noticia es que esta pandemia no necesariamente tiene que convertirse en una crisis de la seguridad alimentaria”, comenta Husain, quien advierte que “la magnitud del impacto que el COVID-19 tendrá en los mercados alimentarios está condicionada a que los países mantengan la calma, incluso ante pequeños problemas en la cadena de suministro, ni tampoco recurran a las políticas proteccionistas de ‘empobrecer a tu vecino’”.

“El flujo tranquilo del comercio mundial ayudará a asegurar el suministro de alimentos”, señala Husain. “Y monitorear los precios y los mercados de alimentos, un área en la que el WFP tiene una larga experiencia, y compartir información relevante de manera transparente fortalecerá las políticas gubernamentales y evitará que la gente entre en pánico”.

Es importante destacar que los países y las poblaciones más vulnerables deben recibir apoyo, no solo en la prestación de atención médica, sino también en la asistencia a través de redes de protección social que tengan la flexibilidad para responder a las crisis.

“Con el apoyo continuo de nuestros donantes, el WFP puede contribuir a canalizar ese apoyo, ayudando a las sociedades y familias a recuperarse más rápido después de la epidemia”, concluye Husain.


Nota publicada en WFP – Programa Mundial de Alimentos, reproducida en PCNPost con autorización.


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SOURCE: Programa Mundial de Alimentos

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