Estados Unidos y sus retos actuales

Por: Carlos Guevara Mann 


Estados Unidos Biden Harris

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El mundo tiene hoy puestos sus ojos sobre Washington, donde, tras un proceso electoral tumultuoso, inédito y violento, tendrá lugar la transmisión de mando presidencial.  No es exagerado decir que este 20 de enero encuentra a Estados Unidos en uno de los momentos más críticos de su historia.

Sitiado por el coronavirus, golpeado por los efectos económicos de la pandemia, amenazado por el envalentonamiento de China y Rusia, profundamente polarizado, asediado por el extremismo y el terrorismo interno, y notablemente debilitado en su institucionalidad democrática, el país enfrenta la mayor amenaza a su posición internacional desde los ataques a Pearl Harbor en 1941.

En vísperas de esta publicación, Estados Unidos contabilizaba 24.6 millones de contagios por coronavirus, una cuarta parte de los casos reportados en todo el mundo.  En número de muertos por COVID-19, el país también supera a todos los demás (408,628 al 18 de enero, según Worldometer: https://www.worldometers.info/coronavirus/?).

Entre diciembre de 2019 y 2020, el tamaño de la economía estadounidense descendió de 19.2 a 18.6 trillones de dólares (3.1%).  Entre enero y noviembre de 2020, el empleo se redujo en 6.3%, de un total de 152.2 a 142.6 millones de puestos de trabajo, según la Escuela Carsey de Políticas Públicas de la Universidad de New Hampshire (https://carsey.unh.edu/COVID-19-Economic-Impact-By-State).

Entre tanto, la economía china creció en 2.3% el año de la pandemia iniciada en su propio territorio (BBC, 18 de enero).  El Centro para la Economía y la Investigación de Negocios del Reino Unido avizora que hacia 2028, el PIB chino superará al de Estados Unidos (BBC, 26 de diciembre de 2020).

Ante la decadencia estadounidense, China y Rusia se han entusiasmado, como nos lo recuerda, en esta misma página, el profesor Euclides Tapia.  En 2014, Putin le arrebató Crimea a Ucrania, pese a las protestas de Washington y la Unión Europea.

En 2016, Beijing sometió a su control y militarización el archipiélago Spratly, en el mar de la China meridional, a pesar del fallo de la Corte Internacional de Justicia favorable a Filipinas (The Guardian, 13 de julio de 2016).  Aprovechando el desarreglo mundial como consecuencia del coronavirus, en 2020 China sometió a Hong Kong a su estado policíaco, desarticulando el movimiento democrático en esa región hasta entonces autónoma.

A pesar de las quejas de Washington, la dictadura de Beijing procedió al amparo de su autoritaria “ley de seguridad nacional”, que ahora le permite interferir en Hong Kong, cuya autonomía estaba asegurada bajo la Declaración Conjunta chino-británica de 1984, que creó para aquella excolonia inglesa un régimen especial, vigente hasta 2047.

Algunos, que abrigan resentimientos atávicos hacia la potencia norteña por los desaciertos de su política exterior, se alegran de las vicisitudes por las que atraviesa la más antigua república de los tiempos modernos. Sin dejar de criticar dichos errores—particularmente, su apoyo a regímenes opresivos como la dictadura de los militares y el PRD (1968-1989)—otros reconocemos que, en un sistema internacional caracterizado por la desigual distribución de poder, el declive de una potencia significa, necesariamente, el aumento de otra(s).

En la coyuntura actual, el vacío que generaría el descenso de Estados Unidos sería llenado, principalmente, por China y Rusia, Estados sin consideración alguna por la libertad, los derechos humanos o la democracia. Ese es el panorama que configura una caída en el poderío estadounidense: un escenario de sometimiento a regímenes dictatoriales con valores autoritarios y prácticas opresivas.

El mayor obstáculo al repunte estadounidense es la polarización de su sociedad.  Esa polarización, que divide a Estados Unidos en extremos situados a la izquierda y la derecha del espectro político, se ha acentuado en años recientes, en gran medida, como resultado de las actuaciones de un presidente que ha azuzado el extremismo con fines electoreros, a partir de planteamientos descabellados y teorías de la conspiración que no resisten un análisis serio o una evaluación juiciosa.

A lo largo de la historia, sin embargo, la sociedad estadounidense ha sido caldo de cultivo para el extremismo y el fundamentalismo, situación que el mandatario saliente supo aprovechar para aumentar su base de apoyo, con resultados desastrosos para la institucionalidad democrática en un país que durante dos siglos se ha presentado al mundo como faro de la libertad y promotor de la democracia.

Las grotescas escenas del 6 de enero, en que una turba de extremistas de derecha, partidarios de Trump y animados por él, asaltaron el Capitolio con intenciones de subvertir el proceso electoral—piedra angular del sistema político estadounidense—constituyen una prueba fehaciente de lamentable decadencia.

En semejantes circunstancias, un liderazgo efectivo y comprometido con los valores fundamentales en los que se inspira la arquitectura republicana es esencial hacia la recuperación.  El reto que tiene Joe Biden por delante es enorme, y muchos nos preguntamos, con preocupación, si estará a la altura de las circunstancias.


Publicado en La Prensa (Panamá), 20 de enero de 2021. Reproducido en PCNPost con autorización de su autor.

Carlos Guevara Mann es politólogo e historiador y dirige la maestría en Asuntos Internacionales en Florida State University, Panamá.


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