¿Líder o caudillo?

Por: Francisco Manrique.

En días pasados tuve un interesante intercambio de opiniones con un querido amigo mío sobre el significado de la palabra caudillo. Esta discrepancia que tenemos los dos, surgió al haber puesto a Uribe, junto a Chávez y Correa, como ejemplos del caudillismo latinoamericano, en un comentario que hiciera en mi Post anterior, El liderazgo de lo público.


Gobierno líder caudillo

El expresidente y Senador colombiano Álvaro Uribe. Octubre 2, 2016. AFP PHOTO / GUILLERMO LEGARIA


Dado el ambiente político tan enrarecido que hoy tenemos, decidí compartir con mis lectores estas reflexiones, porque pueden ayudar a dar una mejor luz sobre lo que el significado del caudillismo y sus consecuencias. Pero también, porque me permite explicar la distinción del concepto de líder que promovemos desde la Fundacion Origen Red de Liderazgo. También, es la oportunidad para invitar al lector, a preguntarse sobre que tipo de persona vamos a elegir en Colombia en mayo para el más alto cargo de nuestro país. Lo que propongo en este blog, debería ser uno de los principales criterios a la hora de ir a las urnas a votar.

No hay cosa más práctica y necesaria que tener una compresión colectiva del significado de una palabra. Especialmente cuando esta tiene una connotación que puede verse de manera peyorativa o que se utilice de manera indiferente con otras que se ven como similares. Y en este caso, quiero demostrar que hay una gran diferencia entre el caudillismo y el liderazgo. Son  términos que es crítico entenderlos, para poder analizar la trayectoria pasada y el comportamiento futuro, de nuestros dirigentes políticos en Colombia.

Para este fin, quiero utilizar la visión del liderazgo propuesta por el profesor de Harvard Ronald Heifetz, experto en el tema. Su aporte es muy importante porque permite analizar y comparar las actuaciones de algunos dirigentes políticos, y entender el porqué les cabe más el calificativo  de caudillos que el de líderes.

Para comenzar, el liderazgo se ejerce en circunstancias específicas y con unas estrategias determinadas. Hay momentos donde el rol de la persona lo requiere, pero pueden haber otras situaciones, donde su rol le implica seguir a otra persona.

Desde la óptica anterior, es importante entender que el ejercicio del liderazgo se puede realizar desde una posición de autoridad formal o sin ella. Un ejemplo clásico de esta distinción fue el caso del Presidente Johnson y Martin Luther King en los años 60 en los Estados Unidos. El primero tenía la autoridad formal que le daba el cargo que ejercía y el segundo  su autoridad provenía de su trayectoria como promotor de los derechos civiles. Los dos, desde roles muy diferentes, se aliaron para liderar el cambio de legislación en favor de los negros en los Estados Unidos

Pero hay un aspecto más importante, se necesita entender que nos movemos cada vez más hacia un mundo donde este ejercicio se debe promover a diferentes niveles, por parte de muchas personas, y con diferentes roles y circunstancias. Por esta razón, es  cada vez más aceptado el término de “liderazgo colectivo”.

Es el reconocimiento de que una sola persona, por más poderosa que ella sea, no puede echarse sobre sus hombros la responsabilidad de cambiar una organización, comunidad o país.  En una época tan turbulenta e impredecible, llena de cambios acelerados, la noción del “ Llanero Solitario” no es viable, a pesar de que la gente inconscientemente lo pida.

En el siglo XXI, la transformación se logra, cuando hay una masa crítica de personas en la sociedad, que saben ejercer el liderazgo desde diferentes posiciones, pero bajo una visión compartida. Cada ves  se depende menos de un Mesías o de un iluminado.  Sin embargo, hago anotar que en la Historia de la Humanidad, han habido líderes notables que individualmente han tenido un gran impacto en sus comunidades, como es el caso de Churchill. Mándela y Gandhi. Ellos asumieron grandes riesgos en el ejercicio del liderazgo. Con sus palabras y sus ejemplos, inspiraron a millones de personas, en momentos críticos de la historia de las sociedades donde actuaron.

A la luz de las consideraciones anteriores, veamos en detalle los conceptos que propone Heifetz. Una persona ejerce el liderazgo, cuando está motivando e inspirando a otros, para que enfrenten responsablemente nuevas situaciones que requieren de un esfuerzo grande de adaptación individual y colectivo.

Bajo esta óptica, el ejercicio del liderazgo implica necesariamente la adaptación al cambio de circunstancias que enfrenta una comunidad o una persona. Significa asumir el riesgo de frustrar las expectativas de la gente, que esperan respuestas fáciles a los problemas complejos que los afectan, y que también buscan delegar su propia responsabilidad  en quien lindera.

Un ejemplo lo tenemos recientemente en Colombia alrededor del tema de la paz. En este caso, Santos falló como líder desde su posición de autoridad como Presidente, al volver el proceso de firmar un acuerdo con las FARC un problema técnico, y no un inmenso problema adaptativo para toda la sociedad. Perdió la oportunidad de confrontarnos con nuestra cruda realidad: nuestros comportamientos colectivos permisivos facilitaron las dinámicas violentas que tanto dolor le han causado al país. Quien ejerce el liderazgo, es capaz de hacer las preguntas duras que invitan a sus seguidores a asumir la responsabilidad del cambio de valores y comportamientos y así poder enfrentar mejor el desafío adaptativo que tienen. En el ejemplo anterior, Santos también falló, porque no hizo las preguntas que eran necesarias para entender la oportunidad y acabar con el status quo.

Quien ejerce el liderazgo, entiende que el foco no debe ser él. El arte  es volverse casi invisible, pero logrando que el reto del cambio lo asuma la comunidad que tiene el problema adaptativo.  Esto implica el cuestionar los valores y comportamientos que son necesarios para enfrentar las nuevas circunstancias. En nuestro caso, Santos se volvió el pararrayos  del problema, en vez de poner los reflectores sobre la sociedad colombiana para que asumiéramos la responsabilidad histórica que nos compete. Y también, para cuestionar los valores que nos han impedido el poder ser más  tolerantes de las ideas de los demás, y no han llevado a utilizar la violencia y la mentira, para acabar con quienes piensan diferente.

Quien ejerce bien su rol de liderazgo, cuando algo sale mal asume su responsabilidad, pero cuando las cosas progresan, les da el reconocimiento a los demás. Es un ejemplo con su comportamiento más que con sus palabras, aunque muchas veces sirvan para darle forma a los retos adaptativos que se deben de enfrentar.

Podría extenderme mucho más, pero creo que con lo ya expuesto, el lector puede entender mejor lo que significa el ejercicio de liderazgo propuesto por Heifetz. También permite entender los riesgos que esto conlleva porque contradice las expectativas que la gente tiene de un líder., al redefinir el papel que todos debemos de asumir para no esperar que un mesías nos haga los milagros del cambio.

En resumen, en el ejercicio del liderazgo, los protagonistas y responsables son los seguidores, y no quien ejerce esta función.

Ahora veamos una definición de  caudillo que me encontré hace un tiempo, y que he utilizado  en mis charlas en Origen; “es una persona a la cual se le atribuye la capacidad para resolver solo los problemas comunes de la nación y representa los intereses de los grupos de poder”.

Por lo general, estas personas las caracteriza el ser  carismáticas, tener un liderazgo autoritario y una gran influencia. Gozan de gran popularidad y apoyo  de las masas, y acumulan mucho poder. Por su comportamiento, son personas que muy fácilmente generan pasiones extremas. Les encanta ser los focos de atención y de la adulación de los demás. Los caudillos suelen montar movimientos políticos alrededor del culto a su personalidad.  Ejemplo de esta afirmación es “el Uribismo”. Pero cuando el caudillo desaparece por la razón que sea, estos movimientos quedan huérfanos y también se desvanecen con facilidad. El ejemplo en Colombia lo vivimos con los asesinatos de Galán y de Gaitán y el de sus movimientos que no sobrevivieron sus muertes.

El caudillo es una persona que no le gusta que otros los opaquenen y le quiten el protagonismo. Por esta razón, no prepara a sus sucesores, y tampoco a sus seguidores para asumir la responsabilidad que les corresponde de adaptarse, como si lo propone Heifetz. Cuando alguien se le sale del redil, lo señala de enemigo porque se atrevió a irse en contra de la corriente.

En resumen, bajo la sombre del caudillo nadie florece y la gente no crece ni desarrolla sus capacidades para tomar el control de su propio destino. Este se lo han enajenado al caudillo, quien mantiene su poder, mientras sus seguidores se comporten como niños chiquitos.

El caudillo es una persona que hábilmente canaliza los sentimientos muy emocionales de la personas, que surgen cuando se sienten desorientadas y buscan que alguien les resuelva todos sus problemas. Utilizan el miedo o el odio, como recursos para dividir en lugar de incluir, porque no aceptan que puedan haber unas diferencias.

Históricamente en America Latina, el caudillismo ha reflejado la inmadurez política y la debilidad institucional de un país, y también, ha propiciado luchas internas de poder y  procesos de reordenación política.

Es evidente que en el contexto latinoamericano, la figura del caudillo descrita en este blog, y que hemos tenido a lo largo de la historia, no  representa  la visión  contemporánea del liderazgo propuesta por Heifetz y que he explicado anteriormente. Más bien, nos muestra a una figura que ofrece hacer fácil los problemas complejos de la sociedad, volviendo irresponsable a las personas que lo siguen, porque le entregan al caudillo la responsabilidad que solo a ellos les corresponde.

Como consecuencia, el problema del  caudillo, es que despierta en su gente muchas expectativas incumplibles y los vuelve dependientes.

En la actualidad en Colombia vemos el ejemplo muy preocupante de caudillismo en los casos de Petro y Uribe. Y todo parece indicar, que en las próximas elecciones, vamos a tener la disyuntiva de elegir entre un caudillo de la izquierda que destrozó a Bogotá cuando fue su alcalde, y otro de la derecha por interpuesta persona, que se extralimitó en el uso del pode cuando ejerció la Presidencia de Colombia.

Y como decía mi abuela: con estas  dos alternativas: “mijo que entre el Diablo y escoja”.


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